Cuando decimos que este país es de lo más tradicional, lo
vemos en sus habitantes, en sus celebraciones y en sus aficiones durante los
ratos libres. Si nos fijamos en las personas, desde los más pequeños a los más
ancianos llevan amuletos y distintivos que procuran su bien estar. Todos los
niños llevan una cuerda alrededor de su cintura desde su nacimiento hasta su
adultez, un símbolo de protección que adquieren por una mujer “especial”. A los
más pequeños les pintan los ojos de negro, y hay algunos niños que llevan un brazalete
atado a un anillo por una cadena que representa una protección superior. Cuando
un niño nace los ancianos de su familia intentan ver más allá de su cuerpo, y
observan si corre peligro físico o espiritual, si es así, deciden que necesita
dicho brazalete hasta su adolescencia. También son ellos los responsables de
buscarle un nombre, si el nombre elegido es como el de un familiar suyo que aún
vive, los más jóvenes deberán apodarle de algún modo para mantener el respeto a
dicho anciano.
Los rostros de la mayoría de burkinabeses están marcados por
líneas y dibujos, los trazos de los ancianos son más pronunciados, y el número
de niños con la cara marcada cada vez disminuye más. Fruto de que dicha tradición
se va perdiendo; ya que es un símbolo de identificación que ahora no es
necesario. Sin embargo, hay a quienes les gusta perpetuarlo. El significado es
como de un DNI, y es originado por la falta de censos que había anteriormente
en los poblados. Como no se podía saber cuántos individuos había en cada pueblo
o aldea, se les marcaba la cara con una figura en concreto, y de esta manera se
les daba una identidad.
Las fiestas y celebraciones son otro ejemplo de tradición.
Fuera de los bautizos, matrimonios y funerales existen fiestas reconocidas.
Donde las máscaras salen no para acompañar a un difunto, sino para pedir una
buena cosecha y tiempo de lluvia. Esto sucede durante el mes de marzo y abril;
así que ahora es el momento en que se realizan y programan dichas fiestas.
Nosotros por el momento hemos asistido a dos de ellas, una de noche y una de
día. En estas ceremonias todos los individuos se vuelven más animistas que nunca,
dejando a la sombra su carácter musulmán o católico. Beben Dolo, cerveza de
mijo, y también cerveza de miel, tocan los tam tams hasta el amanecer y las
mujeres y niñas cantan y bailan para animar a las máscaras. Éstas son las
protagonistas que realizan la petición, para ello danzan al ritmo de los tam
tams y hacen honor a la indumentaria que llevan puesta. Mientras tanto a
escondidas ocurren sacrificios de pollos para ofrecer a los fetiches, y se
sortea quien va a ser el siguiente en llevar la máscara. No la puede llevar cualquiera,
debe saber gozarla y bailarla, sin caerse ni dejar mostrar su rostro.
Las máscaras de día son de colores y las de noche son
blancas. Las que fuimos a ver por la noche eran las más grandes, casi de 3
metros, toda una habilidad saber llevarla y hacerla girar tan vistosamente.
Cada celebración de máscaras dura 3 días y el último día se puede ver a las
mujeres llorando, pues deben esperar hasta el año que viene para revivir dicha
emoción otra vez. Es una ceremonia muy anhelada y todos los participantes,
público y danzantes, lo dan todo para conseguir una buena época de cosecha.

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