Después de casi 40 horas viajando en colectivo y con alguna parada en pueblos totalmente desérticos y sin asfalto, llegamos a El Calafate, ciudad internacionalmente conocida por el espectacular glaciar Perito Moreno. Esa misma tarde volvimos a reencontrarnos con Carol y Mireia y planificamos lo que sería nuestra estancia por esa maravillosa zona. Alquilamos un coche para 6 días y así podíamos movernos libremente y fácilmente.
El Calafate no tenía nada, más bien es un pueblo grande repleto de turistas. Así que al día siguiente emprendimos camino hacia el glaciar mundialmente conocido, el Perito Moreno. El único glaciar en el mundo que no retrocede, y por consiguiente está en equilibrio. Contiene tal grueso de nieve en el inicio del glaciar, que en vez de retroceder (como ocurre normalmente), éste avanza, con lo que todo lo que gana diariamente (unos 2 metros), lo pierde, así ni crece ni retrocede, y lo podremos disfrutar por mucho tiempo.Es tan grande y tan impresionante que no parece ni un glaciar, un bloque de hielo enorme, perfecto y bello, que te hace retroceder a la era glaciar.
Nos pusimos unos crampones y pisamos dicho hielo recorriendo solo una parte de sus 14 km de largo y 3 de ancho, una experiencia especial e inolvidable. Despues de estar encima de él, nos retiramos un poco para observarlo desde diferentes ángulos, esperando visualizar algún desprendimiento de los que habíamos estado oyendo mientras nos encontrábamos en su falda. Y si!! conseguimos ver unos cuantos!! bloques de hielo deslizándose uniformemente y en milesimas de segundo rompían la tranquilidad del lago que le envuelve, creando más movimientos y más oleaje que recrea dicha actividad una y otra vez. Mientras, una fina nevada nos recordaba que se acercaban las fiestas de navidad aunque estuviéramos en verano!
La siguiente visita fue El Chaltén, así que conducimos por la famosa ruta 40 de la patagonia, observando contínuamente la cordillera de los andes a un lado, con lagos, y múltiples guanacos en libertad, una mezcla de camello y lama muy bonitos. Hasta llegar a nuestro destino, nos acomodamos y fuimos a explorar la zona, la primera parada el lago del desierto.
Los dos días consecutivos subimos por las montañas para observar de más cerca la meca de los escaladores, el cerro Torres y el Fitz Roy, dos agujas con paredes totalmente lisas que sólo observarlas asustaban. Fueron dos caminatas muy lindas, la primera, inicialmente con frío, viento y poca visibilidad, pero al llegar a la cima el cielo se esclareció unos segundos para que pudieramos ver el Fitz Roy en su totalidad. La segunda fue más tranquila y el cielo nos acompaño con un día iluminado y claro como pocos tienen, así que lo agradecimos disfrutando de la vista del cerro Torres (uno de los más dificiles de ver) y de los dos glaciares que le acompañan terminando en un precioso lago sobrevolado por enormes cóndors.
Inmersos en este ambiente montañero nuestro siguiente destino fue, Torres del Paine, un parque nacional en Chile el cual, con sus ventiscas a mil nudos, puso a prueba la pieza de auto que llevábamos (no muy diferenciado de las viejas glorias que aquí conducen y que desafían la mecánica por completo). Superamos la avalancha de los vientos y entramos en dicho parque, donde nos sentíamos como en un cuento de hadas por la immensa belleza que nos rodeaba. Pero claro, algo tan bello, no se dejaba tocar y el viento seguía poniendo a prueba nuestro balance y peso. Montañas blancas, prados verdes, y lagos azules, una composición de colores tan viva que engendraba más y más vivencia; guanacos, flamencos, zorros.... pura naturaleza!
Después de dormir en un carísimo refugio, madrugamos para ascender al mirador de las Torres del Paine, tres paredes verticales con un lago reposando en sus pies. La noche anterior nos estuvieron mareando de cómo subir a dicho mirador, y metiéndonos miedo en el cuerpo de su gran dificultad. Eso solo sirvió para dudar más y más, aunque al final resultó una excursión como otras, donde la meta fue espectacular y sólo observable por unos instantes, pues el viento y el frío no nos había abandonado. Incluso en el famoso paso de los vientos, debíamos agarrarnos a las piedras y esperar que las rachas de viento más fuertes pasaran para poder seguir. Un viento indescriptible sólo comprendido por la sensación; y que en algún momento llegó a ser muy divertido cuando corríamos detrás de un gorro para recuperarlo y el viento no nos dejó parar!
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